Sentada en el comedor diario ( ¨comedor¨, pensaba e imaginaba un monstruo aspiradora que ingería todo lo que se le interponía).
Sentada en el comedor diario, entonces, Canela miraba hacia afuera. Afuera era el patio- si es que el patio puede ser, si es que ser implica consciencia de ser o estar siendo. Esto último había derivado en que Canela quedara en el tiempo, como suspendida, la mano levemente elevada por sobre la altura del codo, cucharita de té en mano, ésta última dentro de la taza, quieta, y los cristalitos de azúcar, acostumbrados a ser revueltos ni bien hunden su azucaridad en el líquido, preguntándose qué pasaba que lo cotidiano no estaba ocurriendo.
La sed de una boca recién levantada interrumpió su filosofía batata (acá no hay error de tipeo) y continuó con el ritual mañanero. Volvió a dirigir su mirada hacia el patio. La raja encuadraba el pedazo de exterior. Las ramas de la glicina se interponían con la visión amplia. Canela acercó su rostro hasta dejarlo casi casi pegadito al vidrio. Miró lejos. Sus ojos chocaban allá, con la medianera, cubierta de esa enredadera hermosa, de un verde decididamente verde. Recordó a su abuela plantándola.
Ajustó su lenteojo, y entonces la vio: un hormiguita, caminando por el grueso (en relación a ella, claro está) tronco de la glicina. Llevaba un pétalo que cuatriplicaba su tamaño. Un pétalo (también decididamente) rosa. Se tambaleaba pero avanzaba. Canela pensó un momento en la planta deshojada- no sabía si existía, pero despetalizada le gustaba más. Pero ese diminuto ser pudo más que la gran planta.
Un picaflor entró en escena, batiendo sus alas como si hubiera sentido que era para lo que había nacido- la última apreciación había enojado a Canela, que se reprochaba el no poder escindirse, salirse al menos un segundo de esa lógica paraqué-ísta hecha carne en ella.
Instantes después recordó a su pequeña laboriosa amiga, la buscó, la llamó (sí, ya le había puesto nombre, y se había encariñado, pero no lo sabía aún).
-¡Pipina! No está... Será cuestión de mirar mejor de nuevo, más acá de lo enorme, para apreciar lo que suelo pasar por alto en el trajín diario... Comedor diario... Comedor... Tendría que aspirar mi cuarto
Terminó el fondo del té. Estaba frío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario