Es curiosa la dimensión que toman los pliegues de las
sábanas cuando uno se halla inmerso entre ellos. Visto desde lejos, no tan
lejos, qué se yo, parado al lado de la cama previo a irte a dormir, por
ejemplo, no parecen tan importantes. El colchón, enfundado en suavecitas telas
me llama y acudo sin ejercer el menor esfuerzo (¡Qué lindo es
dormir!).
Noche, ¿madrugada?, sed. Clarea ( ¨Deben
ser como las 5 y pico entonces¨).
Miro: un desierto algodón me rodea creando indescifrables
formas al ritmo de mis movimientos aletargados. Me sonrío, sola, anochecida, y
a medida que cambio de posición, trato de ¨ver¨ las sorpresas que me deparan
los ahora-interesantemente-desconocidos-tejidos.
¡Quieta Canela! ¿No ves acaso? Ahí, sí sí,
pegadito a tu ojo izquierdo. Tenés que forzar un poco la mirada hacia fuera de
cuadro, no seas perezosa. ¿Los ves? Un túnel metido en otro túnel, metido en
otro túnel y en otro y en otro, eso otro en el último allá a lo lejos, arriba,
(¨Arriba, Canela, fijate: es el cielo¨)
Los túneles se pierden. Un tren entra por el primero de
todos.
Canela objeta: ¨Pasa bien por el primer hueco (¡Túnel
se dice!) pero los demás se van achicando cada vez más...¨
¿A qué estación irá? ¿Podrá llegar? ¿Pueden
hacerse más chiquitos los trenes que viajan por pliegues sabaniles? Madrugada,
sed, cama.