domingo, julio 11, 2010

Daños colaterales (Andén 4)

Mariana tomó de un trago, hasta el final, un vaso de leche caliente, con la esperanza de que esto le ayudase a conciliar el sueño. Resonaba, aún, lo dicho por Amelie: Durante bastantes días miraba por la ventana antes de acostarse, desde su estudio, hacia la esquina, abajo; pero Custardoy no volvió a aparecer por allí. –Pobre Sara, que en paz descanses, amiga mía – pensó Mariana.
–Querida, hacé el intento; no es bueno para tu salud comer tan poco… Vamos, hacelo por mí.
– ¿Y usted quién es? – preguntó Sara.
–Tu tío...
–Ah... Es que estoy tan triste. ¡No sabe con qué ansias espero el arribo de mi amado Custardoy! Tengo el estómago cerrado y siento una presión tan fuerte en el pecho, tío… No sabía que era mi tío. No recuerdo su nombre... ¿José?
–Sí, mi niña, soy José – respondió con una sonrisa paternal el anciano. Y al terminar de decir ésto, Sara volvió a llorar.
–Ya, ya querida. ¿Quién es este Custardoy?
–Mi novio. Él… Un llamado los interrumpió. Cuando sonó el teléfono, el hombre canoso le preguntó a la chica, con cierta deferencia, si por alguna razón prefería que no contestara. Sara no emitió palabra. Se levantó y fue a la cocina por un vaso de agua. Entonces, el hombre atendió:
–No, todavía no. Necesitaré un poco más de tiempo… ¿Que quiere saber cuán grave está? Mire, no le pediría un plazo mayor de no tratarse de algo serio. Correcto, hasta luego.
– ¿Era Misael? ¿Viene antes?– exclamó Sara, volviendo de la cocina con una leve expresión de felicidad en su rostro.
–No mi linda, era un amigo de la familia.
–Oh… De todos modos, es mañana el gran día.
– ¿El gran día? ¿A qué te referís, Sara querida?– preguntó el viejo, intrigado.
–Mañana viene Custardoy, mañana llega mi amado Misael, tío. Y lo esperaré, como debe hacer una buena novia. Sara se levantó del sofá donde estaba sentada.¨Domingo 18 de Junio del ´82, Andén 4, tren de las 10 de la mañana¨ repetía en una cancioncita, que parecía haberla ideado para no olvidar aquellos datos.


Doctor…– la voz de Amelie sonaba preocupada – ¿Cómo está ella?
–Mire querida… su hermana no está para nada bien. Mañana por la mañana piensa ir a buscarlo y yo…sabiendo que usted le había comunicado la noticia, y observando su conducta irracional, le seguí el juego. Esperaba alguna reacción, alguna muestra de cordura. Tampoco recuerda el rostro de su tío, aunque sí su nombre. ¡Por suerte a usted la reconoce! La mente humana es tan compleja… Verá, cuando usted llamó, preguntó si era Misael quien estaba al teléfono.
–Ya veo… ¡pobrecita!
–Lo mejor que puede hacer ahora es ir con ella, y tratar de que coma un poco. Y usted también descanse. Mañana será otro largo día. Hasta luego querida – concluyó el doctor.
–Hasta luego doctor.


¡Sara, sobrina mía!– gritó ¨José¨.
– ¿Tío, qué hace usted aquí? ¿Qué está haciendo?
–Te llevo de vuelta a casa, querida. Estuvieron forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el bar de la estación. Consiguieron un lugar desde el cual, desde una perspectiva complicada, veían parte del andén número 4.
–Mozo, dos cortados y un tostado por favor- ordenó ¨José¨. El café había demorado veinte incómodos minutos, en los cuales ambos permanecieron callados. Sara, con la vista en el andén, y José, leyendo, sin demasiada atención, un diario de hacía una semana atrás.
–Estamos ganando. ¡Ja! Pero éstos sí que no tienen cara- refunfuñó para sus adentros. Ganando…- dijo melancólico, esta vez.
– Sarita, preciosa, ¿qué hacés? El temblor del tren era cada vez más perceptible.
– ¡Ahí viene tío! Saltó de la silla con una fuerza tal, que tiró el resto de café que quedaba en su pocillo.
– ¡Mi amor, mi vida, Misael! ¡Qué suerte, qué lindo verte! Vos tan lejos de casa y yo, y yo acá, esperándote… ¡Qué bueno que hayas vuelto! ¿Qué? No. Volvé, vení. ¿A dónde vas? El doctor alcanzó a ver el brillo ciego de los ojos de Sara, su sonrisa ancha y su rostro perdido, feliz.
–Llevame con vos– dijo riendo, hablando con el aire. Y luego, los ahogados bocinazos del tren, todo tan lento y el salto de Sara, tan

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